Jinpingmei (金瓶梅) o el sexo y la vida

Jinpingmei atrae al lector primerizo con un sensual canto de promesa erótica, velada y traviesa, prohibida, indecente, directa a los instintos. Proscrita, censurada, condenada al ostracismo literario durante siglos por académicos, letrados e incluso escritores progresistas, Jinpingmei sonríe y luce sus dientes chapados en oro y marfil con una mueca envenenada. Su prosa te busca y te atrapa para llevarte de la mano a la estancia tras el patio y enseñarte cómo y cuánto pesan los gases ligeros.

Decir pues que Jinpingmei es una fantástica novela erótica sería destaparse como un pésimo amante. Más allá del primer envite nos veremos llevados por el sexo en sorprendente travesía histórica, literaria y personal. Jinpingmei es una novela completa, casi redonda, inteligentemente estructurada y cohesionada en un cuerpo firme y perfectamente distinguible. Es la obra fruto de un genio compositor, métrico y musical, capaz de producir un ritmo invisible pero coordinado al segundo a lo largo de sus casi tres mil páginas, piano y adagio, en su punto, del tedio al descontrol, de la pesadez anticipada a la fugacidad aniquiladora. Es un ciclo vital en cuanto a que recuerda a la vida, y sólo al terminar, cuando dejan de sonar los instrumentos, se descubre su presencia mediante su ausencia. Avanza por ciclos, en un recorrido en espiral que sólo se deja intuir por la existencia del lector observador, que ve cómo el agua corre más o menos rápida, como antes o como nunca, pero hacia ningún sitio aparente.

Todo en Jinpingmei es una burla, una mofa a la vida y la literatura china, al arte y la cultura, al lector y a su propio autor. Se viste de clásico canónico, como el Quijote de novela caballeresca, y aparenta simetría y rigidez. Cien capítulos, recopilados en rollos de diez, encabezados por una serie de versos genuinos o robados recargados de oscuras referencias que anticipan la acción o nos colocan en situación. Todo con la intención de convencernos de que hay una consecución del canon, sin dejar de ser una caricatura de mano experta.

El erudito de las carcajadas, (蘭陵笑笑生, Lanling Xiaoxiao Sheng), afortunado pseudónimo de nuestro anónimo autor, escoge situar su obra en el mismo universo que “A la Orilla del Agua” (水浒传 Shuihu Zhuan), uno de los cuatro grandes clásicos chinos. Wu Song es condenado en éste por el asesinato de su adúltera cuñada y del amante de ésta. En el Jinpingmei esto todavía no ha sucedido, y hace de lo que en “A la Orilla del Agua” no es más que una pequeña historia una obra completa.

Así pues, el primer personaje que hace escena en Jinpingmei es un ejemplo de virtud, un referente popular, el héroe Wu Song, que en un inicio épico e intencionadamente convencional adquiere fama y gloria por matar un tigre en el bosque. Mediante Wu Song conocemos a su hermano y a la esposa de éste, Pan Jinlian, la Jin del título. Si Wu Song aparece representando la gracia heróica, Pan Jinlian abre la caja de truenos de la depravación. Su destacada belleza, desaforada sensualidad e irrefrenable deseo nos alejarán rápidamente del mundo de leyenda de Wu Song para atraernos al nido de serpientes. De aquí sale Ximen Qing, el auténtico protagonista masculino, un crápula sinvergüenza, mentiroso, codicioso, conquistador nato, que confabulará para la desgracia de Wu Song, de quien muy pronto se olvidará la narración. Rota la farándula de la épica, damos la bienvenida a la cínica realidad.

Se puede considerar Jinpingmei como la primera novela moderna china por el descubrimiento del trabajo de ficción como un género con el que se puede experimentar. De estilo sólido y estructura cohesionada, se atreve a jugar con metareferencias y a cuestionar la identidad de la ficción novelada, tanto en forma como en contenido. Nos invita a escoger para interpretar de entre diversas líneas argumentales, destancado el discurso crítico-nihilista de crítica al hedonismo. El juicio moral es débil y engañado, no hay lección posible porque no merece la pena aprender.

La voz del narrador hace diversas apariciones a lo largo de la obra, ya sea con una invitación a encetar el siguiente episodio (“Si no sabéis lo que después sucedió, escuchad la explicación en la siguiente sesión”), como para dirigir la palabra directamente al lector. En esta ocasión el narrador puede detener la acción para avanzar en breve anotación hechos que sucederán más adelante en la obra, como la muerte de alguno de los personajes. Esta inferencia en la línea temporal rompe el embrujo de la ficción y puede verse como una forma distinta de aproximarse a una de las ideas-pilar de la novela: la predestinación. Si el libre albedrío es una vana ilusión, ¿merece la pena preocuparse por la moralidad de nuestras acciones?

El autor avisa en distintas ocasiones de que toda decisión tiene sus consecuencias, y sus personajes son medianamente conscientes de ello sin que sin embargo este conocimiento les conduzca a enderezar su conducta. Es el toque pesimista de la obra, una dosis de amargura en fórmula de crítica al ser humano, “la peor criatura de la existencia”, que a pesar de las advertencias es incapaz de dominar los impulsos de su naturaleza.

El autor introduce la idea de reforma y corrección espiritual mediante los ritos y las creencias, el papel del budismo y el daoísmo, podridos en corruptelas cuanto más institucionalizado y ridiculizado por supercherías y embusteros ambulantes. El sobrenatural hay que interpretarlo pues no como una realidad fantástica sino como un delirio intencionado, un esfuerzo del personaje conmocionado por ver y entender lo que debe o le interesa.

Los personajes de Jinpingmei viven asustados por un futuro que prefieren no tener en cuenta, acuciados por las maldades del pasado que no dejan de multiplicar. Si el autor nos dice que los personajes se mueven por la fuerza del rencor, yo añado la falta de control sobre su presente. Vivir deseándolo todo, queriendo y odiando a brote de piel, gastando en lujos, amistades, enemistades e interpretando a conveniencia emociones propias y ajenas no es más que el retrato hiperbolizado de la cruda naturaleza humana, esclava de su deseo. Ximen Qing obtiene todo a lo que aspira porque así lo querríamos nosotros, porque se instituye un coto sin vallas donde el límite lo pone la oportunidad. El sexo actúa entonces como esencial exponente de esta filosofía basada en el momento, es el estribillo de la novela: una rápida, potente y desenfrenada fuerza de deseo, ajena a la razón y esencialmente natural.

Todo está presentado en esta novela con la rapidez y sencillez de abrir la mano: los negocios oscuros y llenos de trampas y traiciones como comerciante; la interpretación parcial de la justicia por los magistrados; la violencia física, medida con el número de latigazos y patadas; los robos, complots, felonías y adulterios puestos en la mesa como pan de cada día. Y cuanto más oscuro el mundo, Ximen Qing, divertido semi-analfabeto que no desprende ningún brillo ni de héroe ni de letrado prospera sin parar. La desgracia, sin embargo, llega para todos y el autor se encarga de que sea acorde con la trayectoria del personaje. Nada es casual en una obra donde las decisiones surgen de impulsos anárquicos y viscerales. Ximen Qing muere asfixiado por sus abusos, asesinado por su ansia ilimitada de sexo. En un delicioso ejercicio tragicómico, el autor hace yacer a su protagonista, tembloroso del miedo, agonizando tras haber hecho trizas su miembro viril.

La muerte es correspondida, pero no debemos confundir coherencia con justicia. No hay retribución ni restauración del equilibrio en Jinpingmei. No hay porque el mal no desaparece y el bien nunca ha existido. Los pocos ejemplos de supuesta virtud tradicional matan o mueren blandiendo un código moral en solitario y a contracorriente de un mundo mudo y degradado. El autor sitúa en paralelo las desventuras de la familia Ximen con el estado de la China de la época (final de la dinastía Song) para demostrar que aunque parezca que el caos colectivo y la maldad individual disminuyen, nunca desaparecen, se transmutan en nuevas y más perversas oportunidades. Cae Ximen Qing, el hombre, pero sus riquezas sirven para alimentar a una nueva cuadrilla de interesados, sin mejor suerte (véase el caso de Chen Jingji) pero de igual naturaleza.

Jinpingmei se abstiene de aleccionar, es una obra satírica que invita a la reflexión profunda mediante la burla, la caricatura y la excitación del rincón perverso del lector. Para lograrlo ofrece una magnífica exhibición de recursos de estilo que se abre tras las páginas y que abarca todos los rincones de la novela. Así pues, distintos personajes utilizarán distintos registros lingüísticos, más educados, formales, informales, de pleitesía u odio. En diametral contraste con los clásicos canónicos destaca la ingente cantidad de insultos, blasfemias, gritos, bromas, gestos y palabras inapropiadas que contiene la obra. No sólo desvela la auténtica identidad de una familia de ignorantes enriquecidos sino que ayuda a entrar de golpe en un contexto de verdadera realidad literaria, sin filtros ni maquillaje.

La diversidad de voces ayuda a profundizar en las relaciones entre personajes, sus posicionamientos y rasgos de personalidad particular. La lengua no es la única herramienta para descifrar los juegos de poder entre personajes: también tenemos el sexo. Cuanto más brutal, impúdico, agresivo y explícito sea, mayor es la consideración de la carne y menor el peso del sexo en el total de la relación. Así pues, las aventuras adúlteras de Ximen Qing con otras mujeres casadas son ejercicios de dominación del placer sobre las convenciones, donde Ximen Qing las conquista por el simple deseo de darse el gusto. En cambio, las pocas noches que pasa con su dama principal, Wu Yueniang, jamás son descritas en detalle para mantener la idea de una falta de auténtica pasión o excesiva deferencia. Cuando se juntan pasión y sentimientos dan dos frutos distintos: la relación con Ping’er, de amor y deseo hasta el tuétano, y la relación con Pan Jinlian, que siempre despierta su lado más feroz y animal. Puesto que el hombre es el mismo, tenemos el factor femenino como parte diferenciante. Ping’er es dulce y moderada; Jinlian, ardiente y manipuladora. El lenguaje también varía según el encuentro. Bascula desde la metáfora poética de los encuentros fugaces sin pasión o importancia (“se entregaron al baile de las mariposas”, “se entregaron al juego de las nubes y la lluvia”, “peinar la redecilla”), hasta el lenguaje más obsceno y pervertido, recargado de apelativos (“mi putita”, “mi coñito”, “mi papi”), y transparentes narrativas (“mámamela hasta que me corra”, “juega con mi coñito”).

Jinpingmei debe leerse a solas, cómodamente y con la mente clara y ociosa pero atento a todo lo que esconde bajo las faldas. Satírico, mordaz, irreverente y hondo como un pozo claro. La burla al ser humano, sobreestimado y pretencioso, débil ante sí mismo, consigo y con los demás. Como Ximen Qing, devoramos y nos devoran, sin poder evitar y aún a sabiendas. La vida es cópula: intensa, improvisada, incontrolable, caduca.



Nota sobre la traducción:

La versión que me ha servido de lectura y análisis es el excelente trabajo de Alicia Relinque para la editorial Atalanta. Dos volúmenes divididos simétricamente en cincuenta episodios cada uno que se sirven de la primera edición (aprox. 1610) y trasladan la obra del chino original al español con maestría y perfeccionismo. La lectura viene aderezada con una generosa cantidad de notas a pie de página, que mejoran sustancialmente la experiencia y ayudan a esclarecer la multitud de referencias que pueblan los párrafos, tanto para académicos como lectores no iniciados o desconocedores de la historia, cultura y legado literario chinos. Viene encabezada por un breve estudio sobre la obra y la edición, así como un completo glosario de nombres de personajes e índice de episodios. Como broche al cuidado y dedicación de esta edición, los capítulos vienen acompañados por ilustraciones de ediciones originales que muestran escenarios y situaciones acontecidas en la novela, así como una serie de litografías a color con motivos eróticos datadas en fechas aproximadas a las primeras apariciones de la obra.

Nota: El autor de esta reseña no ha percibido remuneración alguna ni está afiliado a la editorial Atalanta, por lo que su mención corresponde a un criterio de recomendación personal.

No hay comentarios:

Publicar un comentario