Literatura Post-3/11: escribiendo acerca del proceso de recuperación del desastre y los movimientos de protesta social


El 11 de mayo de 2011, un terremoto de magnitud 9.0 en la escala de Richter sacudió la costa noreste de Japón, el mayor que se haya registrado con métodos modernos en ese país. Media hora después, un tsunami que en algunas zonas llegó a elevarse hasta 40 metros por encima del nivel del mar golpeó las regiones de Miyako, Iwate y Tôhoku, destruyendo todo cuanto se encontró a su paso. El terremoto y el tsunami dañaron la planta nuclear Fukushima Daiichi, produciendo el colapso de tres de sus reactores y la consiguiente expulsión al aire y al mar de material radioactivo. Con miles de víctimas, millones de yenes en daños materiales y el trauma que conlleva reconstruir una zona ya de por sí empobrecida y ahora expuesta a contaminación radioactiva, el desastre, conocido como el 3/11, ha marcado un antes y un después en el Japón del siglo XXI. La catástrofe ha desatado debates a nivel nacional sobre si la sociedad Japonesa está preparada para llevar a cabo al duro proceso de recuperación.

Desde el punto de vista económico, los residentes de las zonas afectadas, en su mayoría ocupados en la industria pesquera, ven su forma de vida en peligro no sólo debido a la destrucción material de su infraestructura económica (los barcos, los puertos, las lonjas) sino también por el miedo del consumidor a la contaminación radioactiva (Bachev y Fusao, 2013). El debate sobre el uso de la energía nuclear se ha intensificado y se vuelve a hablar de proporcionar un impulso institucional a las energías renovables reestructurando el sector, pero la resistencia de compañías y las reticencias del propio gobierno eliminan toda posibilidad de ver cambios a corto plazo (Knowledge@Wharton 2013). En la esfera política tampoco se han producido muchas novedades. Abe Shinzô, actual primer ministro, continua enterrando el debate nuclear bajo la excusa de priorizar la recuperación económica del país, tal y como informa el diario Asahi Shimbun el 25 de octubre de 2013. La falta de una respuesta visible y efectiva conduce a una situación de creciente malestar social y alimenta la desconfianza hacia las instituciones oficiales. Desde un punto de vista cultural, el desastre se presenta como una interesante fuente de inspiración. Personalidades relevantes del mundo de las letras, como los escritores Ôe Kenzaburo (Ôe, 2011) o Murakami Haruki (Murakami, 2011) han realizado declaraciones públicas condenando el desastre y haciendo un llamamiento a la responsabilidad y la empatía por las victimas y los afectados. La producción de ficción localizada en Tôhoku después del desastre también está viviendo su particular boom. Este tipo de literatura incorpora el desastre a la memoria cultural de la nación japonesa, y sirve como instrumento para articular vibrantes debates sociales que se centran en el proceso de recuperación.

En este ensayo me propongo analizar qué significa el término compasión y cómo es utilizado por algunos escritores que han centrado su literatura en el 3/11 para conectar sus lectores con determinadas líneas de debate y protesta social. Para ello he escogido tres relatos breves de tres escritores reconocidos. Cada relato cuenta con una forma particular de entender el desastre y sus secuelas, pero los tres comparten un fuerte sentido del compromiso. Mi intención es analizar estas historias, estudiar cómo construyen su respuesta al desastre y qué mecanismos emplean para transmitir sus mensajes particulares.

Estos relatos los analizo poniendo especial énfasis en sus implicaciones con debates sociales actuales. Evitaré en todo lo posible entrar a cuestionar sobre si la literatura tiene un efecto sobre la sociedad para centrarme en qué métodos emplean los autores para atraer y convencer a los lectores a que subscriban su particular interpretación en la polémica de la recuperación.

Esta literatura entiende el desastre no sólo como un espacio donde situar la acción de la ficción sino también como un marco contextual más extenso en el que se genera y emerge significado capaz de alterar un status quo previo. En palabras de Houet, “implícita o explícitamente, los desastres sirven de puntos de reflexión filosófica y estimulan nuestra creatividad” (Houet 2012, 2). Durante y después del desastre, una sociedad puede ser más permeable a aceptar situaciones de debate interno, que pueden llevar a discutir sobre asuntos ajenos al desastre pero que eran problemáticos antes de que éste ocurriera. Estos problemas resurgen por la fuerza del trauma que produce el dolor colectivo. Los agentes usan este dolor mediante la fuerza discursiva de la compasión.

Pantti define compasión en este contexto como “no (sólo) una expresión ‘natural’ de cariño y preocupación sino también como un discurso orientado a atribuir significado al sufrimiento” (Pantti 2012, 117). La compasión es en esta línea una interpretación subjetiva y politizada del sentimiento natural de empatía ante el dolor inusual y puntual de un grupo o colectivo. Los autores hacen uso de este concepto de compasión para reactivar o detener debates sociales mediante la imposición en sus textos de su interpretación particular sobre el dolor producido por el desastre. Esto no significa que los autores inventen los problemas que quieren abordar, sino que la compasión es el instrumento que emplean para volverlos relevantes y situarlos sobre el ojo de la opinión pública. Como dice Pantti, “para que la compasión sea políticamente efectiva debe incluir un elemento de indignación, es decir, comprensión de las condiciones estructurales que producen este sufrimiento” (Pantti 2012, 121). En su instrumentalización de la compasión, los escritores emplean la lengua, referencias culturales y nociones compartidas para dar forma a una interpretación particular que vincule la ficción con discursos de protesta social y política. Dos de los siguientes relatos aspiran a alentar la crítica social, mientras que el tercero emplea la compasión precisamente para defender la cohesión social.


¡Oh, caballos! A pesar de todo la luz sigue siendo pura, por Furukawa Hideo

El primer relato es “¡Oh, caballos! A pesar de todo la luz sigue siendo pura”, de Furukawa Hideo. Furukawa, considerado como una promesa literaria que sigue los pasos de Murakami Haruki, es natural de Tôhoku y sus historias tienen una gran vinculación con su tierra. Su novela más famosa, “La sagrada familia”, es una saga familiar épica situada en Tôhoku en la que el escritor explora las dificultades de una familia de clase humilde cuyo destino parece vinculado con el desarrollo histórico de la región. “¡Oh, caballos!”, escrito en abril de 2011, está considerada como una especie de secuela a esta novela. En este relato Furukawa aparece como narrador y personaje. La historia está dividida en tres partes: en la primera, Furukawa describe su viaje a través de la región asolada. Combina sentimientos de sorpresa y alivio con tristeza y desesperación. A su llegada encuentra el área mejor de lo que se había imaginado (“dentro de la tienda había más productos en los estantes de lo que me esperaba en un principio, y estaban en venta” (Furukawa 2012)). Sin embargo, tras pasar en la región varios días, este sentimiento queda sobrepasado por la abrumadora presencia de la marca de la destrucción. Actuando como observador externo, describe el escenario como de “zona de guerra” y lo compara a la destrucción que generan los “ataques aéreos” y los “bombardeos” (Furukawa 2012). Todas las descripciones que siguen a continuación son de ruina y catástrofe: “asfalto desprendido. Acero torcido. Vimos bloques de cemento agrietados, edificios enteros en los que sólo quedaba en pie su esqueleto metálico.” (Furukawa 2012). Furukawa camina hacia la costa y desde allí observa el “tranquilo Pacífico” (Furukawa 2012). La historia toma entonces un giro dramático en la segunda parte. Uno de los personajes de “La sagrada familia” aparece a su lado rompiendo los límites entre realidad y ficción para compartir con Furukawa un recuerdo de infancia: el día en que su hermana pequeña decidió volver a hablar, tras años de misterioso mutismo. El personaje relaciona este incidente con el concepto de “volver a nacer de nuevo” (Furukawa 2012) como familia. En la tercera parte Furukawa termina su historia de nuevo en la ‘realidad’, haciendo referencia a una noticia emitida por televisión. La escuela a la que asistió de pequeño iba a ser derribada por completo para remover el suelo, ahora contaminado.

Furukawa emplea la compasión en su historia para centrarse en la relación entre un pueblo con su área, los lazos emotivos entre Tôhoku y sus residentes. Para ello hace uso de un lenguaje crudo y severo, vívido especialmente en la descripción de la destrucción hecha por el tsunami. Compara los daños causados por el desastre natural con la destrucción propia de la guerra. Esta “metáfora de la zona de guerra”, según Tierney, es un recurso habitual en los medios de comunicación y en literatura catastrófica y sirve para traer de la memoria colectiva imágenes de destrucción total y enfatizar la presencia y responsabilidad humana en la cadena de consecuencias (Tierney 2006, 57-81). La atención de Furukawa se centra en el dolor de los residentes de Tôhoku, agravado por la frivolidad con la que trata el asunto el gobierno central. Furukawa hace uso de la compasión para transformar la empatía hacia las víctimas en empatía hacia los residentes de Tôhoku. Tôhoku ya sufría antes del incidente como zona menos desarrollada en comparación con el resto de Japón. Sin embargo, este sentimiento histórico de “ser dejado de lado” emerge con más fuerza tras la catástrofe al ser conscientes de que de pronto monopolizaban la atención de los medios de comunicación nacionales. Furukawa aprovecha esta situación para proporcionar una voz a los afectados y unir a los residentes a través de la regionalización del dolor.


Mediante la creación de un vínculo entre el dolor que produce el desastre y el valor emocional de los sitios afectados (como la demolición de su escuela), Furukawa emplea el capital moral (el concepto de “envidia por el trauma”, desarrollado por Mowitt (Mowitt 2000, 272-97)) que produce el desastre para reclamar visibilidad regional y cuestionar la unidad del pueblo japonés en aras del desastre. Furukawa llega hasta al punto de creer en “la dificultad o incluso imposibilidad de entender la nación como una unidad coherente” (Kimoto 2012, 18). También declaró haberse vuelto más radical en su faceta como activista después del desastre (Kimoto 2012, 18). Hay una razón que explica el haber enviado este mensaje en forma de relato breve. Con la combinación entre ficción y realidad, Furukawa incluye el desastre a la memoria cultural de la región, transformándolo en un incidente que no sólo no debe ser olvidado sino integrado por su pueblo. Furukawa desea promover un movimiento activista propio de la región de Tôhoku, despertado tras el golpe de la catástrofe y que requiere articular una voz única y particular, el “renacer” de la familia que ya apuntaba en su historia.

El uso de compasión por Furukawa para transformar el dolor que produjo el desastre del 3/11 en un movimiento de reivindicación regional se sustenta en una base y unos antecedentes sociales. Como indican Slater et al, existe de hecho un movimiento activista político regional que se enfrenta a la administración central y reclama visibilidad y retribución (Slater, Nishimura y Kindstrand 2012). Para conseguir este propósito, la presencia y el uso de las redes sociales juegan un papel imprescindible. Otro escritor y activista de Tôhoku, Ryoichi Wago, preparó una colección de poemas inspirados por el desastre, Shi no Tsubute (“Guijarros de poesía”), y “cuando se publicó el libro en junio ya había atraído a más de 14,000 seguidores [en Twitter]” (Kimono 2012, 14). El uso de nuevos métodos de comunicación ha contribuido a coordinar grupos activistas regionales con algunas asociaciones de protesta a nivel nacional, como organizaciones antinucleares, que explican en parte el relativo éxito de estas protestas locales (Slater, Nishimura y Kindstrand 2012). Furukawa hace uso de la compasión para redirigir la atención centrada sobre Tôhoku tras el desastre para entrar en el debate de las reivindicaciones regionales. Estas peticiones históricas aprovechan el momento para canalizar sus demandas a través de los nuevos mass media. Todavía está por ver si esta dinámica puede en efecto verse traducida en cambios sustanciales.


La isla de la vida eterna, por Tawada Yoko

El segundo relato es “La isla de la vida eterna”, por Tawada Yoko. Tawada es una escritora japonesa bien establecida que vive en Alemania pero que hizo su carrera literaria en Japón. Ha sido galardonada con tres de los más importantes premios literarios (el Gunzo en 1991, el Akutagawa en 1993 y el Tanizaki en 2003), así como la medalla de Goethe en 2005. “La isla de la vida eterna” dibuja un distópico año 2017 en el cual Japón está excomunicado del resto del mundo por culpa del miedo a la contaminación nuclear. La narradora, una inmigrante japonesa que vive en Alemania desde antes del 3/11, explica cómo tras la falta de actuación por parte de las autoridades japonesas después del desastre, el número de incidentes de inestabilidad social se dispara. Un grupo terrorista secuestra al emperador, supuestamente asesina al primer ministro y el gobierno democrático desaparece para quedar reemplazado por un conglomerado de empresas privadas. Es en este momento que un segundo terremoto sacude un Japón completamente desprevenido, produciendo en esta ocasión un desastre nuclear todavía más grave que el primero. El país decide terminar todas sus relaciones con la comunidad internacional, se bloquea el uso de Internet y acceder o salir del archipiélago queda completamente prohibido. Un explorador portugués consigue colarse dentro y más adelante publicaría un libro narrando sus experiencias. Según este documento, la sociedad japonesa ha regresado a un estándar de vida propio de la época Edo: no existe la electricidad, la población se mueve a pie y se entretiene con cuentacuentos e historietas impresas en planchas de madera. La radiación nuclear no produce ningún efecto en la población más anciana, es más, tiene el contraintuitivo efecto de alargar su esperanza de vida, de ahí el título. Los jóvenes, sin embargo, son especialmente vulnerables a la radiación y precisan de cuidado continuo hasta que mueren de debilidad. Todavía hay investigadores que tratan de encontrar una cura, y a falta de electricidad, trabajan a la luz de las luciérnagas. No se ve signo alguno del gobierno, y todos los indicadores apuntan a que Japón se mueve inevitablemente hacia una cercana perdición.

Tawada hace uso de la llamada a la compasión para centrar las miradas en el debate sobre el uso de la energía nuclear y la responsabilidad del gobierno central en minimizar los riesgos que se asocian a tener plantas nucleares en emplazamientos inestables. Al contrario que Furukawa, Tawada prescinde de hablar directamente del 3/11 para destacar una serie de miedos y tabús sociales e históricos del Japón moderno, reconocibles por el lector japonés, y presentarlos como potenciales consecuencias del desastre. Los ataques terroristas y los magnicidios son una referencia a los períodos turbulentos de la historia reciente de Japón – los peores años de las eras Meiji, Taishô y Shôwa de antes de la Segunda Guerra Mundial. Tampoco sería la primera vez que Japón se encuentra excluido del resto del mundo. Durante la época Edo (1603-1868), la conocida como política Sakoku redujo hasta prácticamente prohibir cualquier interacción con otros países o individuos extranjeros. También merece la pena destacar el detalle de que el hombre que logra entrar furtivamente en Japón en este relato es portugués, una nación con una importante tradición histórica de exploradores que visitaron el Japón pre-moderno, una conexión que fortalece la metáfora. El retroceso en el tiempo hace referencia al sentimiento de orgullo tecnológico japonés y al estigma social de volver a quedarse atrás en la carrera del progreso. Finalmente, la imagen de un país lleno de gente anciana mientras la población joven se va quedando reducida es un guiño al serio problema de envejecimiento de la población que Japón lleva tratando de remediar durante los últimos veinte años. Este futuro tan poco halagüeño, improbable bajo las mejores circunstancias, se convierte en posible cuando Tawada lo propone como consecuencia del desastre. Tawada reinvierte la fuerza emotiva de la compasión en un discurso del miedo que magnifica cualquier consecuencia negativa fruto de un desastre con el propósito de ejercer presión en las autoridades sobre el asunto de mejorar los controles de seguridad o ya directamente replantear una vía alternativa a la energía nuclear. Tawada se aprovecha del estado de shock empático de la sociedad japonesa ante la desgracia del desastre para invitar a sus lectores a imaginar cuán terrible podría ser el futuro si el gobierno continuara posponiendo entrar a debatir el problema de seguridad que supone el uso de energía nuclear. Tawada usa mediante la compasión el estado de extraordinaria susceptibilidad post-traumática para conceder una dimensión emocional a sus argumentos.

  

“La isla de la vida eterna” construye un vínculo entre el desastre de Fukushima y el daño potencial que entraña la energía nuclear. Los movimientos de activismo antinuclear han aumentado en número y proporción desde el desastre. Una ola de manifestaciones recorrió el país durante meses después del incidente y terminó culminando en una gran concentración en Tokio el septiembre de 2011 (Liscutin 2011). El impulso de esos primeros meses se ha ido moderando desde entonces, pero a cambio ha producido un movimiento mejor organizado y que ha adquirido experiencia. Según Liscutin, “esta indignación – la rabia que produce sentirse ‘abandonado’ (hôki sarete shimatta) por las fuerzas de la ‘villa atómica’ – aparentemente alimenta el desarrollo de nuevas formas de resistencia en Japón” (Liscutin 2011). Las redes sociales cuentan de nuevo con un rol importante en esta nueva dinámica de protesta social. Citando a Liscutin, “los acontecimientos que se han producido desde el 3/11 han dado un importante empujón al desarrollo de los medios de comunicación civiles japoneses y han resaltado su importancia como intermediarios sociales para una ciudadanía que se siente frustrada con los aparatos oficiales de información del gobierno y sus medios de comunicación aliados” (Liscutin 2011). Este movimiento de protesta no sólo está dirigido al gobierno central sino a los medios de comunicación clásicos, tradicionalmente alineados con el poder. A pesar de que la posición de silencio y contención con respecto al problema nuclear es todavía la predominante, la aparición de una oposición mejor organizada y con mayor efectividad de difusión puede suponer a medio o largo plazo un actor esencial que fuerce al gobierno a reconsiderar su posición y mediar un consenso. Como demuestra el crecimiento de los movimientos de protesta social, cada vez más gente comparte la postura de Tawada de vincular el 3/11 con el debate sobre el uso de energía nuclear. Todavía no está claro qué tipo de resultado producirá esta nueva situación, pero aunque consideremos como increíble el apocalíptico futuro descrito por Tawada, los riesgos de la pasividad por parte de las autoridades responsables son muy reales.

    

Pequeños esquejes de eucaliptus, por Murakami Ryu

La tercera y última historia es “Pequeños esquejes de eucaliptus”, de Murakami Ryu. Murakami es un reconocido autor japonés de la misma generación que Murakami Haruki y Yoshimoto Banana. Comparte con estos dos su aproximación a la cultura popular y el distanciamiento de los círculos de “literatura de prestigio” o junbungaku. Sus novelas siempre se han visto envueltas en controversia. En ellas pretende retratar la violencia y la xenofobia que subyacen en la sociedad japonesa a través de personajes altamente desequilibrados que aparecen disfrazados como ciudadanos normales y corrientes. Este estilo sin embargo ha ido moderándose a lo largo de los años y en la actualidad Murakami Ryu es también una figura presente en los mass media. Presenta un popular programa de televisión sobre negocios y finanzas, con lo que ha disminuido su presencia como activista.

“Pequeños esquejes de eucalipto” es una pieza breve al estilo clásico del ensayo japonés. El autor combina experiencia personal con datos históricos, declaraciones políticas, elementos culturales y razonamiento filosófico. Murakami convierte una anécdota – un tifón en agosto de 2011 derribó el eucalipto que tenía plantado en su jardín – en una metáfora para reflejar el proceso de recuperación tras el 3/11. Hace cuenta de la gran dificultad que conlleva reconstruir un área tan ampliamente devastada, pero al mismo tiempo alaba la gran preparación y efectividad de las Fuerzas de Autodefensa japonesas a la hora de asistir y coordinar las tareas de rescate y restauración, comparándolas con la ineficiencia e incompetencia en tareas de organización del Ejército Imperial Japonés durante la II Guerra Mundial. Murakami convierte el concepto “esperanza” en el núcleo de su historia. A su parecer, la esperanza es lo único que han sacado de bueno los japoneses del desastre. Después de haber perdido todos sus bienes materiales, adquiridos durante un período de bonanza económica que parecía no tener fin, los japoneses deben agarrarse a lo único que les queda ahora: su sentido de comunidad. La esperanza es un sentimiento colectivo que emerge cuando los individuos trabajan juntos y aprenden de sus errores. “Pequeños esquejes de eucaliptus” es una historia de regeneración y reconciliación, un llamamiento a la unión del pueblo japonés con el fin de recuperar el sentimiento de pertenecer a un proyecto nacional que asegure un futuro siempre mejor. La esperanza de Murakami, sin embargo, no aparece como una reacción natural e inevitable, en sus palabras, “la esperanza no nace por sí sola, como un brote en primavera; tampoco envuelve el campo como lo haría la nieve” (Murakami 2012, 195). Los japoneses deben desear y cuidar esta esperanza para asegurarse de que crezca fuerte con el tiempo. Murakami explica esto de nuevo a través de la metáfora del eucalipto. Después de deshacerse del árbol muerto, Murakami mantiene tres esquejes y los planta en sendas macetas con el fin de que el árbol crezca de nuevo, multiplicado esta vez. “Pienso que la esperanza es como uno de estos pequeños esquejes. Cuando te das cuenta de su existencia y de su potencial, te provees de conocimiento y, de ser necesario, capital, y te pones en acción” (Murakami 2012, 195). Murakami pide la cooperación y la unión del pueblo japonés.

Al contrario que Furukawa y Tawada, el uso de la compasión por Murakami está orientado a defender una idea de cohesión nacional y confianza en las autoridades japonesas. Murakami pretende conseguir este propósito mediante la alusión a distintas referencias, como el elogio a las Fuerzas de Autodefensa japonesas por su trabajo en las tareas de reconstrucción (Murakami 2012, 193), sus citas a los discursos de ánimo pronunciados por distintos políticos (Murakami 2012, 196) y especialmente a través del concepto de esperanza. Murakami explota la naturaleza colectiva de la empatía para reconvertirla en un sinónimo de su concepción de ‘esperanza’, la idea de que un futuro mejor es posible si los japoneses trabajan juntos. Comparte con Furukawa y Tawada el mismo mecanismo de llamamiento a la cohesión nacional tras el desastre, pero al contrario que ellos, su uso de la compasión, expresado a través de la noción de ‘esperanza’, pide a los japoneses que se mantengan unidos como la única forma de lograr un buen resultado.

En “Pequeños esquejes de eucalipto” la crítica es prácticamente inexistente. Su postura comparte similitudes con el discurso oficial de las autoridades japonesas y los medios de comunicación mayoritarios. En tiempos difíciles, la sociedad debe mantener unida y concentrarse en la tarea de reconstruir y atender a las víctimas. El relato de Murakami ignora las peticiones a la responsabilidad de las autoridades y evita aludir a los distintos movimientos de protesta. La ‘esperanza’ puede ser mantenida por los mecanismos de cohesión social ya existentes, lo que representa un respaldo al status quo. Murakami cierra su historia con la siguiente frase: “brotes de esperanza ya empiezan a aparecer, uno a uno” (Murakami 2012, 196). Lo que parece decir que no es necesario ningún cambio radical, dado que la esperanza ya es posible.

Conclusión

A lo largo de este ensayo he tratado de demonstrar cómo estos tres autores usan el concepto de compasión para apelar a sus lectores y transmitir de esta forma su interpretación particular ante el fenómeno de la empatía colectiva tras el desastre. A pesar de que los mensajes que se quieren transmitir en cada interpretación difieren entre sí, el significado impuesto a la empatía está en cualquier caso políticamente motivado. Merece la pena destacar también que los tres utilicen las mismas herramientas para alcanzar objetivos ideológicamente dispares: el uso de lenguaje persuasivo y emocional, ya sea a través de la ira como del ánimo; la alusión a referencias culturales (tanto históricas como contemporáneas) que sirvan para reforzar sus argumentos, y la integración del desastre en la memoria cultural del grupo como un acontecimiento que ha marcado un antes y un después para la sociedad japonesa. Los relatos de Furukawa y de Tawada logran esto último mediante el recurso a la ficción, mientras que Murakami lo consigue comparando el desastre con una experiencia diaria, construyendo de esta forma una metáfora universalmente accesible.

Los tres textos comparten un propósito de responsabilidad para y con la sociedad japonesa. Son además exponente de las principales posturas de reacción ante el desastre surgidas en el seno de la misma. Los escritores no son sus creadores, sino más bien agentes de mediación que las traducen, transmiten y amplifican. Fenómenos como las reivindicaciones de los ciudadanos de Tôhoku, el nuevo y todavía moderado movimiento de protesta social a través de las redes sociales, el sentimiento de rechazo hacia la energía nuclear o el llamamiento a recuperar y mantener la cohesión nacional son recogidos por los escritores para ser retransmitidos a través de la literatura. Estas historias hacen de espejo de la sociedad al mismo tiempo que difunden y consolidan un set particular de ideas. El uso de ficción, la no-realidad, como medio para revelar precisamente la realidad es prueba del alto valor que todavía mantiene la literatura como producto cultural nacional. Un hecho que sucede en la ficción puede no existir fuera de ella, pero si un evento real aparece retratado también en la ficción éste entra a formar parte de la memoria histórica y cultural del grupo. La ficción es una herramienta particularmente efectiva a la hora de describir fenómenos sociales gracias a su naturaleza intermedia entre el objetivismo periodístico y el relativismo de la opinión personal. La ficción estimula la parte emocional de la identidad cultural de un grupo. Estos tres relatos nos ayudan a entender cómo reacciona la sociedad japonesa ante el desastre del 3/11 a través de la referencia a una realidad que nunca se hace explícita y que sólo puede ser rastreada cuando lo fantástico y lo particular se contrastan con el contexto de la obra. La literatura, en definitiva, no genera los fenómenos sociales que exhibe, pero sí es un agente activo de su perpetuación.

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