"El cabo", de Nakagami Kenji: literatura y discursos sobre los burakumin

Foto coloreada de un grupo de curtidores burakumin, 1873. Fuente


En este ensayo mi intención es analizar discursos actuales sobre la discriminación de la comunidad burakumin mediante el estudio de la novela más famosa del escritor Nakagami Kenji, “El cabo” (Misaki). Mi propósito con este trabajo es ofrecer un análisis lo más completo posible de la percepción, interpretación y representación de la problemática que rodea la discriminación hacia los burakumin tal y como la entiende Nakagami Kenji, uno de los escritores e intelectuales japoneses más importantes del siglo XX, que es además de ascendencia burakumin.

Para ello primero introduciré al autor y la historia de la comunidad burakumin para el lector que potencialmente la desconozca. Construiré mi disertación basándome en tres ejes, que corresponden cada uno de ellos a diversos discursos interpretativos sobre la discriminación burakumin: el primero, el discurso tradicional que entiende a los burakumin como un grupo históricamente victimizado por los “japoneses normales”. El segundo discurso lo enarbolan los activistas burakumin modernos que desean romper con esta concepción dicotómica y denunciar la discriminación como un problema estructural de la sociedad japonesa, sin ser la discriminación hacia los burakumin una excepción a la norma. Y el tercero es el discurso de ‘integración’, el preferido por Nakagami Kenji, que advoca por acabar con la narrativa de ‘minoría contra mayoría’ y la eliminación de cualquier etiqueta como método para terminar con la discriminación hacia los burakumin. Desarrollaré con más detalle cada una de estas teorías a lo largo del ensayo, para concluir mostrando cómo quedan representadas en “El cabo”.

Con este trabajo me propongo dos metas: producir un análisis del caso particular de la discriminación hacia los burakumin desde un punto de vista cultural y literario, y demostrar cómo discursos sobre discriminación toman distintas formas según los intereses de quien los promueva, a pesar de que mantengan el mismo propósito: poner fin a una situación de discriminación.

LA COMUNIDAD BURAKUMIN – HISTORIA DE VICTIMISMO Y ACTIVISMO

El término ‘burakumin’ hace referencia a los descendientes de la casta de los parias existente en el Japón premoderno, conocidos como eta o senmin (literalmente “no-humanos”, “polucionados”). En aquel entonces, aquellos individuos que se dedicaran a oficios considerados como ‘impuros’, como por ejemplo los carniceros, verdugos o curtidores, se les condenaba al ostracismo social según los estándares morales de la época, una combinación entre ideas budistas y sintoístas. Así como los motivos de esta discriminación todavía son objeto de debate, sí se sabe con certeza que empezó a documentarse cuando, movidos por el rechazo y la segregación, estos grupos senmin empezaron a formar comunidades en determinadas regiones, especialmente a las afueras de grandes ciudades como Tokio u Osaka. El miedo a quedar ‘contaminados’ que sostenían el resto de clases les impedía relacionarse con miembros fuera de su grupo, dando comienzo a una tendencia endogámica que no haría más que reforzar su exclusión. Durante la era Tokugawa/Edo (1603-1868) se emitieron una serie de leyes y edictos que formalizaron esta conducta de segregación y prohibieron cualquier tipo de movilidad social, no sólo a o desde la clase marginal, sino también aplicable al resto de estratos sociales (campesinos, comerciantes, artesanos, guerreros).

Los eta quedaron entonces confinados en áreas específicas, forzados a ejercer la endogamia e incapaces de acumular cantidades relativas de riqueza o de exigir ningún tipo de derecho fiscal. Vivían generalmente en condiciones pésimas, siempre al margen de cualquier actividad económica de relevancia. El término burakumin, que literalmente significa “gente de las villas o de los pueblos”, era su pseudónimo popular, y tras el edicto imperial de 1869 que abolió el sistema de clases, este nombre se convirtió en el término más común para hacer referencia a los descendientes de la entonces ‘prescrita’ clase paria. La discriminación hacia los burakumin, sin embargo, no desapareció con la disolución de la estructura social feudal. En el Japón premoderno, el estatus de clase se transmitía con la sangre, por lo que para asegurarse de que no existía movimiento entre grupos sociales todo individuo contaba con un registro familiar llamado koseki en el que figuraba su línea de ascendencia paterna y el oficio de sus antepasados, vinculando de esta manera el apellido a una determinada clase. Con la creación del estado moderno, Japón preservó el sistema de koseki, haciendo posible rastrear el árbol genealógico de cualquier nacional y detectar entonces a qué clase pertenecían sus antepasados. Aquellos burakumin que querían escapar de su condición aprovechando los cambios políticos tenían serios problemas cuando intentaban salir de sus aldeas para dedicarse a otros oficios dado que llevaban con su nombre un fuerte estigma social e histórico.

Niños burakumin de Izumi, 1974. Fuente


Además del problema de heredar un estatus social anacrónico, las dificultades materiales con las que se encontraban los burakumin para cambiar de oficio los obligaban a seguir trabajando en empleos que en esta ocasión se consideraban ‘indeseables’ durante la revolución industrial japonesa, manteniéndolos nuevamente en el escalón más bajo del nuevo orden económico y prácticamente imposibilitando su promoción social. Este ciclo vicioso fue denunciado por primera vez por los intelectuales marxistas, que culparon al modelo social capitalista de reproducir el mismo esquema de discriminación hacia los burakumin que ya existía en el Japón premoderno. Según estos primeros activistas, y desde entonces el discurso establecido, la discriminación hacia los burakumin es una indeseable herencia histórica, un anacronismo que se transmitía mediante el apellido familiar pero que quedaba reforzado por las estructuras económicas industriales (su permanente estatus como proletarios) y la pasividad de las instituciones estatales oficiales. En palabras de McKnight, “la tarea más importante llevada a cabo por los activistas buraku de principios del s. XX sería reconstruir una historia propia que estableciera a los buraku en el panorama historiográfico nacional” (McKnight 37). Este discurso se considera establecido porque fue (y en algunos círculos todavía es) la interpretación del problema burakumin más ampliamente aceptada. Presuponía la existencia de al menos dos grupos (“burakumin” y “no-burakumin”) y la reproducción de estas comunidades a través de la relación entre exclusión y discriminación, definidas mediante sus diferencias tal y como Barth ha teorizado (Barth 1970).

Sin embargo, a partir de 1929 y especialmente después de la II Guerra Mundial, el movimiento activista burakumin se reorganizó mediante la ayuda de una nueva generación de intelectuales marxistas, y juntos formaron diferentes asociaciones, la más importante de las cuales es la LLB o Liga de Liberación Burakumin. A pesar de que algunos de estos activistas comenzaron o todavía adscriben sus ideas al discurso establecido, hubo otros que comenzaron a teorizar fuera de estos términos, cuestionando esta interpretación y definiendo una propia. Este discurso alternativo acabó por tomar forma, y entre sus principios se encuentra no creer en la particularidad de la situación burakumin, así como considerar que las raíces de la discriminación hacia los burakumin se encuentran en los mismos fundamentos de la sociedad japonesa moderna. Estos activistas señalan las similitudes entre la discriminación hacia los burakumin y la que existe hacia otras minorías en Japón, como los coreanos, los chinos o los ainus, y con ello empezaron a desmantelar los tópicos e inexactitudes del discurso establecido, empezando por la seguridad en estar ante una ‘discriminación histórica’. La comunidad burakumin pre-moderna y la comunidad burakumin moderna difieren demasiado en estilo y condiciones de vida como para afirmar que pertenecen al mismo ‘grupo’, y por lo tanto estos activistas alternativos abogan por una aproximación diferente para solucionar el problema de la discriminación. Estos activistas creen por ejemplo en la dificultad a la hora de definir una identidad moderna burakumin, una idea que comparte Nakagami. En palabras de Zimmerman, “dada la falta de diferencia étnica, la desaparición de un gran número de oficios tradicionales y la creciente movilidad regional de la población japonesa, el estatus actual de los burakumin es como poco difícil de describir” (Zimmerman 5).

Concebido como un paso natural en el proceso evolutivo del discurso establecido, esta corriente alternativa se apropió del lenguaje empleado por la interpretación oficial (el uso del término ‘burakumin’ o la importancia del fenómeno hereditario, por ejemplo) porque sus partidarios eran conscientes del peso de estos significantes en el discurso público. Los activistas alternativos apuestan por educación y visibilidad, y centran su lucha no sólo en el frente burakumin, sino también contra cualquier tipo de discriminación. Sus activistas atienden a congresos de minorías internacionales y tratan de compartir sus experiencias con el fin de aprender de la lucha de los demás, pero a pesar de sus esfuerzos, y no sin ironía, las particularidades de la discriminación hacia los burakumin hacen muy difícil su encaje con cualquier otro proceso de discriminación. Los burakumin son étnicamente japoneses, hablan la misma lengua, son considerados ciudadanos con el mismo estatus legal que los demás y, a pesar de la obsesión por la herencia de estatus que se transmite por la sangre, sería incorrecto considerar esta discriminación como racismo o compararla con otros tipos de discriminación de estirpe como los que existen en Latinoamérica. Como dice McKnight:

Ideas de raza, así como de etnicidad, se han usado para articular a la comunidad burakumin y para hacer referencia a procesos que se parecen al racismo … sin embargo, los activistas burakumin y otros abogados de los derechos humanos ya han señalado que el racismo no puede englobar cualquier tipo de discriminación; de hecho, el énfasis en la raza reproduce una forma de entender la discriminación de tradición eurocéntrica que niega formas indígenas de diferencia y segregación. (McKnight 3-4)

El discurso alternativo queda atrapado entre su deseo de escapar de la interpretación dicotómica del problema, y la indiscutible relevancia de las particularidades del caso de los burakumin.

Nakagami Kenji juega un papel importante como figura situada entre estos debates. No está de acuerdo con la interpretación establecida, ni tampoco es un activista alternativo (sus discusiones con miembros de la LLB están bien documentadas, y en ellas se acusa a Nakagami de no estar “suficientemente comprometido” (Zimmerman 9)). Su literatura es muestra de la dificultad a la hora de concebir una identidad burakumin, y ofrece a su vez una tercera interpretación, personal pero con aspiraciones universales, que trata de resolver el acertijo que supone encontrar la mejor forma de acabar con la discriminación que padecen las minorías.



Nakagami Kenji de joven Fuente


NAKAGAMI KENJI – ESCRITOR E INTELECTUAL

Nakagami Kenji nació en 1946 en Shingû, prefectura de Wakayama, de una familia burakumin bastante humilde. Fue el primer miembro en recibir educación formal gracias al plan impulsado por el gobierno japonés de posguerra que impuso la educación primaria obligatoria a nivel nacional, y ya desde pequeño dio muestras de un gran talento para la ficción y la poesía. Nakagami se fue a Tokio en 1965 con 19 años, y allá empezó a trabajar en cualquier empleo que caía  en sus manos. Por aquel entonces comenzó a frecuentar los clubs de jazz y los cafés literarios, y muy pronto se dio a conocer entre los círculos intelectuales de la ciudad gracias a su brillante personalidad y sus habilidades oratorias. Nakagami, como dice Zimmerman, “fue una criatura completamente social, que se tomaba con gran pasión todos los temas que preocupaban en su época” (Zimmerman 3). Su figura se alejaba de la idea del escritor como un individuo callado, tímido y melancólico, y durante las décadas de 1960 y 1970 se le podía encontrar en los bares manteniendo discusiones acaloradas con amigos o desconocidos sobre literatura, filosofía o política.

Nakagami escondió durante esa época su condición de burakumin con el fin de no atraer ningún prejuicio sobre él que dañara cualquiera de sus opiniones. Sí expuso su pasado en 1975 tras recibir el Premio Akutagawa – uno de los premios literarios más importantes en Japón, quizá el más importante dado que asegura una entrada en la industria editorial – por "El cabo". El jurado permaneció largo tiempo dividido a la hora de tomar la decisión, y hasta día de hoy se considera uno de los veredictos más polémicos de la historia del premio, principalmente dadas las connotaciones políticas vinculadas a que Nakagami fuera burakumin. Este premio convirtió a Nakagami en una figura pública, un intelectual de nivel nacional. Desde aquel momento, Nakagami aceptó su ascendencia burakumin y dedicó el resto de su vida a escribir a y desde el debate burakumin, como si fuera una cruzada personal. Se embarcó en un viaje etnográfico por todas las comunidades burakumin y escribió nuevas novelas y relatos breves situados en estos espacios, con los burakumin como protagonistas.

La literatura de Nakagami, sin embargo, iba más allá de la representación de una realidad burakumin. Su propósito era más amplio y ambicioso, y apuntaba a explorar los entresijos de la sociedad y cultura contemporáneas de Japón. Despreciaba los ambientes culturales e intelectuales elitistas porque los identificaba con un panorama conservador, insuficiente, indulgente y cobarde. El estilo narrativo de Nakagami es cautivador, provocador y con una propuesta construida sobre varias capas interpretativas. La misión que se había propuesto a la hora de escribir sobre la comunidad burakumin contaba con un propósito ulterior más extenso. Tomó el lenguaje del discurso establecido, los callejones, la violencia, la pobreza y los linajes malditos para presentarlo en sus novelas como realidad. Y sin embargo no deja de ser ficción, ya que todos estos supuestos atributos de los burakumin existen solamente como discurso, y los burakumin son, en el mejor de los casos, una comunidad imaginada en términos de Anderson (Anderson 1991). Como indica Zimmerman, “cuando visitamos los roji o callejones de la ficción de Nakagami, nos embarcamos en un viaje real hacia un lugar inexistente” (Zimmerman 10). Nakagami sabía que el discurso establecido había caducado y estaba vacío, y como ya hicieran los activistas alternativos burakumin, tomó estos términos y les dio la vuelta para que transmitieran un mensaje distinto aprovechándose de las ideas ya establecidas en el imaginario cultural japonés. El mensaje que quiere transmitir Nakagami, no obstante, difiere del de los activistas en un punto crucial. Nakagami deseaba escapar del discurso retórico de la minoría discriminada porque lo consideraba reduccionista y dejaba fuera de forma injusta otros asuntos intelectuales y sociales de mayor relevancia. Nakagami creía que centrándose sólo en el problema de la discriminación de una minoría lo único que se conseguía era hablar en círculos, porque se perpetuaban las posiciones de ‘víctima’ y ‘opresor’. Luchó incansablemente por deshacerse de la etiqueta de “escritor de minorías” porque para él “lo igualaba con una posición de debilidad” (7)

Nakagami creía que la situación de discriminación terminaría si se otorgaba poder y orgullo a los discriminados. Burakumin como él debían integrarse en la sociedad y creer en su más extensa identidad como japoneses mediante la participación en debates sociales que fueran más allá de su propia problemática. Ésta era la misión principal de Nakagami. Para Nakagami, “la literatura sirve como medio a través del cual uno analiza debates sobre el Estado, el yo, cuestiones de historia y de identidad nacional” (35). Desafortunadamente, Nakagami no logró vivir lo suficiente como para lograr sus objetivos. En enero de 1992 se le diagnosticó un cáncer extremadamente violento, que le arrebató la vida no más de 6 meses después, con 46 años de edad. Karatani Kôjin, uno de los críticos literarios más importantes del Japón contemporáneo y amigo íntimo de Nakagami, en el discurso que pronunció durante su funeral dijo que consideraba a Nakagami como un auténtico intelectual japonés, juzgando más apropiada esta categoría que la de escritor burakumin (2). Y qué mejor forma de honrar la memoria de Nakagami.


“EL CABO”

Considerado como su primera obra adulta, así como el primer título de la “Trilogía de Akiyuki”, “El cabo” es seguramente la novela más personal de Nakagami. El autor mezcla ficción con los recuerdos de su infancia como niño entre los callejones para confeccionar una novela que se caracteriza por su mirada panorámica y representación coral, al mismo tiempo que conserva los elementos clásicos de composición de la shishosetsu o “novela del yo”, el modelo arquetípico de la literatura japonesa moderna. Este modelo narrativo, complejo y en ocasiones confuso para el lector le sirve a Nakagami para llevar a cabo su ambicioso propósito: convertir la novela en un vehículo que transmita simultáneamente distintas corrientes interpretativas.

“El cabo” nos introduce al personaje de Akiyuki, un joven de 24 años que trabaja como peón de la construcción y que se siente constantemente perseguido por la sombra de su padre, un hombre al que jamás ha conocido. El odio a sus paupérrimas condiciones de vida en los suburbios guía sus acciones mientras lucha a través de la historia – aunque sin poco éxito – por no terminar siendo “como los demás”. Esta batalla se sucede en el interior del personaje y queda reflejada mediante dos actitudes principales. La primera es el desinterés y la desafección: Akiyuki evita a toda costa cualquier tipo de identificación emocional, reprimiendo sus impulsos empáticos. El fragmento siguiente ilustra esta idea:

Junto al pase de vías, en el lugar donde el callejón se volvía hacia la izquierda, un árbol solitario mecía con suavidad sus hojas. El árbol le recordaba a sí mismo. Akiyuki desconocía qué tipo de árbol era, aunque tampoco le importaba mucho. El árbol no tenía ni flores ni fruto. Expandía sus ramas hacia el sol, se sacudía con el viento. Ya es suficiente, piensa. El árbol no necesita ni flores ni fruto. Tampoco necesita un nombre. De pronto, Akiyuki tuvo la sensación de estar en un sueño. (Nakagami 11)

Akiyuki evita enfrentarse a la realidad mediante la búsqueda de una ruta de escape mental que le lleve lejos, a lugares remotos. La otra actitud se manifiesta cada vez que rechaza participar en los rites de passage típicos de su comunidad. A pesar de que a Akiyuki le gusta beber, le disgusta hablar de dinero o meterse en peleas, pero lo que es todavía más importante, rechaza perder su virginidad. Cada vez que cruza el barrio rojo prueba su voluntad rechazando a las chicas que se le acercan ofreciéndosele.

El callejón del barrio rojo tenía un débil hedor a orín y a alcantarillado. “Ven aquí, guapo,” le invita una mujer. Él no responde. “Quédate un ratito”, dice la misma, cogiéndole ahora del brazo. Akiyuki podía oler su maquillaje y el aliento a licor. Tenía dinero. Suficiente dinero como para emborracharse y comprar una mujer. Pero no había querido nunca una mujer, y no la quería ahora. No quería ensuciarse con algo tan estúpido y desagradable. No, no, le preocupaba que, si llegaba a hacerlo una vez, se obsesionara con ello y acabara con la cabeza metida en la cloaca como aquel hombre, incapaz de estarse quieto. (Nakagami 24)

Akiyuki odia su comunidad, pero trata de esconder este sentimiento bajo capas de apatía. Sin embargo, es casi incapaz de mantener la rabia a raya.

Asintió pero le invadió el deseo de gritar con todas sus fuerzas: soy diferente del resto de vosotros, con vuestras putas cabezas metidas en la cloaca. (84)

Es imposible para Akiyuki escapar de su presente. La influencia de su familia es demasiado fuerte para él como para remar a contracorriente. “El cabo” está estructurada con la familia como base ontológica, cada espacio y cada personaje están relacionados de algún modo con la familia de Akiyuki. De hecho, en la novela hay muy pocos nombres personales, y la mayor parte de los personajes quedan referenciados según su rol como miembros de la familia (Madre, Hermano, Primer-Marido, Papá, Tío), lo cual conduce fácilmente a la confusión durante una primera lectura, reforzando para el lector esta imagen de familia caótica, de enredadera. La figura central de la familia es Madre. Casada en dos ocasiones, el primer marido le dio un hijo y dos hijas, y el segundo, el actual, otro hijo. Asimismo, Madre tuvo una aventura con un hombre desconocido que condujo al nacimiento de Akiyuki. La sangre de su madre liga a Akiyuki con sus hermanos, y sin embargo, siente que está maldito por llevar la sangre de su padre, al que se refiere como “aquel hombre”. A pesar de que su familia le profesa cierto amor, Akiyuki sólo piensa en encontrar su lugar en el mundo, en oposición a su padre pero también independizándose de sus vínculos maternos.

En “El cabo”, la familia está preparando una ceremonia en honor a la memoria del primer marido de Madre, ya fallecido. La hija mayor, Yoshiko, se desplaza desde otro pueblo expresamente para asistir por lo que toda la familia se encontrará aunque sea temporalmente bajo el mismo techo. Justo antes de que esto suceda, un personaje secundario muere apuñalado por un tercero sin razón aparente. A pesar de que ni el muerto ni el asesino son miembros de la familia de Akiyuki por lazos de sangre, sí los unen lazos de matrimonio y este incidente les trae amargos recuerdos del pasado. Doce años atrás, Hermano (el primogénito de Madre y Primer-Marido) se suicida ahorcado, después de un largo período en el que llegó a amenazar de muerte en varias ocasiones a Madre y Akiyuki, que sólo era un niño por aquel entonces.

Como con el resto de detalles en “El Cabo”, el lector queda a cargo de desvelar los motivos detrás de estas amenazas. De entre las posibles razones destaca el espectro de la enfermedad mental, desarrollada durante la temprana madurez. Akiyuki sospecha que esta enfermedad corre por sus venas, y aunque maldice a su padre por su destino miserable, lo cierto es que muy probablemente la transmita el linaje de su madre, siendo así que Mie, hermana de Akiyuki y de Hermano, muestra síntomas de la misma. La familia finalmente lleva a cabo la ceremonia, pero Mie, la única persona por la que Akiyuki muestra afecto, colapsa de una crisis nerviosa.

Una repentina e insoportable oleada de realidad, mezcla de pasado y presente golpea a Akiyuki cuando esto sucede, y le empuja a tomar una decisión que supone el Rubicón para el personaje protagonista. Este momento clave no está explicado en la historia y sólo aparece representado mediante un súbito salto en la acción, una falta de transición entre escena y escena. La resistencia que hasta entonces había mantenido Akiyuki a involucrarse con su ambiente desaparece de golpe. Se rinde a la desesperación y abandona su lucha personal. Akiyuki se da cuenta de que su batalla es imposible de mantener, no puede ganar contra el impulso de su sangre (literal y metafóricamente) o contra la cruda realidad de los suburbios, con toda su violencia, suciedad, sufrimiento y sexo. Así que la novela nos traslada de un plumazo a la definitiva y controvertida escena final, digna de consideración particular. Akiyuki visita el Yayoi, un burdel donde desde hace tiempo teme que trabaja su hermana por parte de padre. Allí, completamente consciente del riesgo de cometer incesto, Akiyuki pone fin a su celibato y pierde su virginidad con su hermana. Ella, sin embargo, no sabe que Akiyuki es de su sangre. La escena aparece relatada con un uso explícito en lengua y detalles. Este fragmento está cargado de significado, puesto que representa el descenso de Akiyuki a su Infierno, la aceptación del mal y la degeneración que cree le rodea y hasta entonces incitaba. Expone al lector las connotaciones del tabú del incesto y reverbera el histórico miedo de “contaminación sanguínea” y las consecuencias de la endogamia, tan comúnmente relacionadas con los burakumin. Akiyuki lleva a cabo la venganza sobre su padre durmiendo con su hermana. Es su forma de hacerle daño, de escupir en su nombre. Es su modo de liberarse de la sombra de su padre y así adquirir independencia.

Akiyuki quería abrirse de un tajo el pecho y enseñarle a su hermana, que ahora cerraba los ojos mientras gemía y se retorcía, la sangre del hombre que ambos compartían en sus venas. (91)

Pero las acciones de Akiyuki cuentan con un propósito todavía mayor. Con este acto de incesto también se está vengando de sus ancestros, burlándose de su realidad y acatando las supuestas retorcidas convenciones sociales, maldiciendo en última instancia su condición de burakumin.

Estoy violando la semilla de aquel hombre, pensaba. Estoy degradando al mismo hombre. No, estoy degradando a todo aquel que comparte mi sangre – mi madre, mi hermana, mi hermano. Lo degrado todo. (89)

En “El cabo” podemos encontrar distintas capas de interpretación que podemos relacionar con los discursos acerca de la discriminación hacia los burakumin tratados más arriba. El título de la novela hace referencia a un espacio determinado y al mismo tiempo hace recordar al lector la situación de exclusión de las comunidades burakumin: “árido y despiadado, esta tierra sirve como un marcador geográfico de los buraku, una representación física literal de lo que significa ser un poblador de una tierra a parte” (Zimmerman 100-101).

Akiyuki y el resto de hombres son trabajadores de la construcción. Durante la década de 1960, el gobierno japonés puso en marcha un plan para reconvertir y modernizar las áreas más pobres de las afueras de sus capitales, un proceso de urbanización que tenía como doble propósito derribar los barrios chabolistas de los burakumin y así revalorizar el suelo. Las comunidades que vivían en estos sitios, sin embargo, no se beneficiaron directamente de este proceso. Para tapar este hecho, las instituciones estatales trataron de mistificar y embellecer el valor tradicional de estos parajes, diluyendo la fina línea que separa “tradicional” de “pobre”. Nakagami trata de reflejar esta realidad en el escenario de “El cabo”, como Zimmerman indica, “Nakagami muestra cómo las funciones opresivas de la comunidad rechazan la corrupción del espacio urbano moderno” (101).

Nakagami utiliza el vocabulario propio del discurso establecido para construir su historia: la pobreza, la violencia injustificada, los hogares rotos, los lazos de sangre y las enfermedades congénitas, incesto y odio familiar. Sin embargo, no hace referencia a la situación de discriminación que padecen los burakumin, puesto que la comunidad no-burakumin no está representada en la novela. Aún más, la palabra ‘burakumin’ no aparece en ningún momento a lo largo de la historia, por lo que es función del lector conectar todas estas condiciones tradicionalmente atribuidas a los burakumin y asumir que se está hablando de ellos. Con este juego Nakagami revela la ambigüedad de la existencia de una ‘comunidad burakumin’, concepto que surge del imaginario colectivo. Tanto Zimmerman (antes en este mismo ensayo) como McKight están de acuerdo en destacar el gran papel que tiene Nakagami en desenmascarar la naturaleza artificial de la identidad buraku:

Nakagami responde a la problemática de la terminología convirtiendo de su principal topos literario, el roji (callejón), en un concepto que hace referencia a un vecindario inexistente. Definir el vecindario a través de su cartografía desmonta la creencia de que este barrio – y, por extensión, cualquier distrito buraku – existe ‘allá fuera’ como un elemento impermutable. (McKnight 39)

Timothy Amos también desarrolla en su libro “Embodying difference” esta idea de la ‘ambigüedad de los burakumin’ y cuestiona su cohesión como grupo:

La idea de ‘buraku’ surgió durante un período histórico condicionado por la presencia de nuevas nociones como ‘nación’, ‘raza’ o ‘capital’. (Amos 147)
Los burakumin parecen poseer de forma superficial una identidad colectiva construida a base de criterios aparentemente objetivos como su situación laboral o religiosa, de la misma forma que otros grupos étnicos minoritarios defienden su individualidad basándose en factores relativamente tangibles como la lengua o de nuevo la afiliación religiosa. (12)

Nakagami, a pesar de no creer en la universalidad de la identidad ‘buraku’, opta por aceptar instrumentalmente la unidad de la comunidad con el fin de integrarla diluyendo sus diferencias e incorporándolas a través de un proceso lento de fusión cultural. Partiendo desde aquí, Nakagami va más allá de la discusión de los problemas de los burakumin para involucrarse en temas más sofisticados relacionados con la literatura y la cultura japonesas. Nakagami creía que para poner fin a la discriminación, los burakumin deben de quitarse esa etiqueta de ‘minoría’ y considerarse a sí mismos parte de un mayor y ya no dicotómico Japón.

El gran triunfo de la literatura de Nakagami reside en que es perfectamente posible leer “El cabo” como una obra que trata la problemática burakumin y al mismo tiempo hacer una lectura completamente independiente, dejando de lado todos los aspectos buraku y centrándose en aquellas referencias a una cultura japonesa más amplia y compartida, incluyendo temas propios de la literatura universal. La lucha de Akiyuki por escapar de la sombra de su padre puede interpretarse como una continuación del tropo de la emancipación de la figura paterna que tanto fascinó a los grandes autores de literatura japonesa desde 1868 como Natsume Sôseki, Shiga Naoya o Dazai Osamu. En estas historias, un joven debe forjarse una nueva vida por su cuenta lejos de la influencia de un padre autoritario. Mientras que en las primeras obras el padre representaba el Japón premoderno, durante el siglo XX éste acabó asumiendo la forma del estado moderno, mientras que el joven luchaba por construir una identidad individual. Akiyuki, independientemente de su supuesta condición como burakumin, pugna por conseguir una identidad individual lejos de su progenitor y todo lo que éste representa. Con esto, Nakagami demuestra que la supuesta ‘literatura de minorías’ también puede reproducir temas literarios canónicos. En palabras de Zimmerman, “al combinar el tema de la emancipación del yugo paterno con el trasfondo de la problemática de la minoría étnica, Nakagami revela el poder que tiene este mito cuando la nación es leída en clave familiar y viceversa” (Zimmerman 110).

El fragmento donde se presenta la relación incestuosa entre los dos hermanos también posee un componente interpretativo independiente. El nombre del burdel, Yayoi, es una referencia a la época legendaria en la que según la cosmogonía sintoísta se originó el archipiélago japonés. Según esta tradición, los dioses hermanos Izanami e Izanagi crearon las islas japonesas tras mantener relaciones sexuales. El incesto entre hermano y hermana forma parte pues del imaginario cultural de los japoneses, y lo que Nakagami consigue con esta escena es vincular a los burakumin con su legítima herencia cultural, que es la compartida con el resto de japoneses. Nakagami también exploró el tópico del amor entre hermanos en otros trabajos, como dice Zimmerman, para “eliminar las nociones determinanticas que van ligadas a la sangre” (Zimmerman 13). Además de esta interpretación, convendría recordar que el tabú del incesto no es un shibboleth único de la cultura japonesa, dado el gran papel que tiene en la tradición occidental el mito de Edipo.

Nakagami escribió “El cabo” no para que fuera leída solamente como una historia sobre la comunidad burakumin, sino también como un relato universal de conflicto individual.



Shuhei Yamamoto, trabajador social y músico de taiko. El taiko ha guardado siempre gran relación con los burakumin. La galería de fotografías de la que procede ésta es altamente recomendable: Fuente


CONCLUSIÓN

A pesar de que “El cabo” está basado parcialmente en las experiencias personales de Nakagami (la familia de Akiyuki comparte con la del autor ciertas similitudes, incluso su hermano se suicidó en las mismas condiciones), los logros de su escritura van más allá de la polémica de la discriminación. Nakagami, en vez de conformar con el discurso extendido de victimización, escoge fortalecer a los burakumin demostrando que se puede escribir literatura que explore temas que vayan más allá del horizonte limitado por los callejones. Nakagami recuerda a sus lectores que lo que conocemos por ‘burakumin’ no es un grupo exclusivo ni particular. Y mediante este difícil proceso destinado a exaltar la universalidad de una minoría, ataca la discriminación convirtiéndola en un acto obsoleto, injustificado e irrelevante. Nakagami plantea como solución para acabar con la segregación mirar más allá de los límites autoimpuestos por la literatura de minorías.

BIBLIOGRAFÍA

Amos, Timothy D. Embodying Difference: The Making of Burakumin in Modern Japan. Honolulu: University of Hawaiʻi, 2011. Print.

Anderson, Benedict R. O'G. Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism. London: Verso, 1991. Print.

Freedman, Maurice, and Fredrik Barth. "Ethnic Groups and Boundaries: The Social Organization of Culture Difference." The British Journal of Sociology 21.2 (1970): 231. Print.

McKnight, Anne. Nakagami, Japan: Buraku and the Writing of Ethnicity. Minneapolis: University of Minnesota, 2011. Print.

Nakagami, Kenji. The Cape and Other Stories from the Japanese Ghetto. Berkeley, CA: Stone Bridge, 1999. Print.

Zimmerman, Eve. Out of the Alleyway: Nakagami Kenji and the Poetics of Outcaste Fiction. Cambridge, MA: Harvard University Asia Center, 2007. Print.

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