El futuro está en Manchuria: "Japan's Total Empire", de Louise Young



La historia colonial del imperio japonés moderno es un tema que por razones de amnesia selectiva permanece para el público occidental no especializado en Asia Oriental en una especie de limbo, un retrato parcial rayando la caricatura. Así lo demuestra la forma en que aparece representada esta época en los medios de cultura popular, principalmente el cine bélico: sólo durante la guerra del Pacífico parece el mundo darse cuenta de que Japón se había lanzado a la invasión del resto del este y sureste asiático (con la casi siempre olvidada pero esencial excepción de Siam), cuando en realidad el proyecto colonial japonés se puede rastrear hasta su victoria en la primera guerra sino-japonesa (1895), o incluso hasta 1869, cuando el gobierno Meiji integró formalmente la que desde entonces se conoce como península de Hokkaidô. Aunque las diferencias en la línea geoestratégica entre los poderes fácticos dentro de Japón espaciaron e incluso detuvieron durante algunos años los planes de expansión territorial, la maquinaria militar se mantuvo en marcha desde la anexión de Taiwan, y tras el bautismo de fuego que supuso la victoria contra los rusos en 1905, el ejército se convirtió en uno de los símbolos más importantes del proyecto nacionalista japonés, así como la base sobre la que se pretendió cimentar un sentimiento patriótico justificado en la superioridad marcial. El ejército imperial japonés es, de hecho, la imagen con la que comúnmente han asociado el cine y la literatura la presencia japonesa fuera de su archipiélago. Para el imaginario colectivo occidental, Japón aparece desde un tiempo indeterminado antes de la II Guerra Mundial como un país que mantenía una campaña de invasión permanentente, emanando un flujo de soldados que iban y venían de país en país en conflicto perpetuo. A pesar de que hay parte de verdad en esta imagen de guerra perpetua (que se puede atribuir a la atropellada ambición de las cúpulas militares japonesas, demasiado preocupadas por ganar territorio y afianzar puntos militares y económicos estratégicos en vez de asegurar el terreno ya ganado), este dibujo sólo expone una parte de la verdad. La presencia japonesa en Asia continental no se reducía al envío de soldados. Si desde la academia se considera el proyecto imperialista japonés como una empresa colonial es porque, además de la expansión militarista, el gobierno japonés movilizó a las fuerzas civiles y económicas del país, que en un ejercicio de titánica ingeniería social se trasladaron a territorio ocupado para establecer lo que en todos los aspectos serían extensiones orgánicas del estado japonés en el continente asiático. Las anexiones de Taiwan (1912) y Corea (1910) son seguramente las más conocidas, tanto por la importancia estratégica que supusieron en su momento (Taiwan a las puertas de China, Corea como nación histórica, haciendo de tapón entre Rusia, China y la misma Japón) como por las consecuencias políticas que se arrastran hasta la actualidad, con un Japón al que estas ex-colonias exigen penitencia perpetua por sus crímenes imperialistas, con la doble intención de presionar internacionalmente (a pesar de que sea una carta ya desgastada por el tiempo) como para ejercer política interior nacionalista a través del discurso victimista, desviando la atención lejos de posibles conflictos internos mediante la exhaltación del odio al otro, aunque sea un otro ya casi irreconocible.

Sin dejar de mencionar otros territorios ocupados 'olvidados' (como la provincia de Shangdong antes de la Segunda Guerra Mundial, o Filipinas y la península de Indochina durante ésta), el proyecto más espectacular tanto en términos militares como de ingeniería civil fue la creación de un estado completamente nuevo en el área históricamente conocida como Manchuria y que hoy ocupan las provincias chinas de Heilongjian, Jilin, Jiaoling y el norte de Mongolia Interior. Este estado, con la vida de una mosca de mayo (de 1932 a 1945), condensa en su historia todas las claves que explican el éxito y la caída del proyecto imperialista japonés. Manchukuo (Manshukoku en japonés, Manzhouguo en chino) es el fruto del delirio y la genialidad de una nación que quiso responder a la agresividad de los imperios occidentales con la construcción de un imperio propio, y que espitosa y confiada al verse en la cresta de la ola, terminó pagando una ambición que nunca supo mantener a raya.

La historia de Manchukuo parece en ocasiones una burla a las convenciones históricas, una parodia del estado moderno, un glitch producto de un programador graciosete. Con Puyi, el destronado último emperador chino, como títere-regente y ciudades hechas a base de retazos, sin pasado ni carácter (pero sí con zoos, universidades y parques de atracciones), un inmenso muro propagandístico que prometía una Metrópolis de Fritz vendía el humo del éxito japonés mientras escondía una realidad decepcionante. Extendiéndose a través de estepa fría, en lo que no es suelo especialmente fértil, se esperaba de Manchukuo una especie de estado-granero para la madre patria japonesa, siempre sufriendo de déficit agrario. Al mismo tiempo se quiso convertir Manchukuo en un exponente de modernidad y progreso, un país donde sólo tenía cabida la industria más puntera y sus ciudadanos gozaban de un estado de servicios a la par que las sociedades más avanzadas. Este último punto era esencial, puesto que se quería hacer de Manchukuo el escaparate al mundo de lo que era capaz de conseguir el nuevo imperio japonés. Un Manchukuo moderno y próspero demostraría al resto de territorios ocupados los beneficios de formar parte del Círculo de Co-Prosperidad Asiático japonés, mientras sacaba músculo ante las potencias occidentales. El gran drama de Manchukuo fue precisamente que terminó estrangulada con sus propios sueños, asfixiada por unos objetivos que, si bien en principio no eran imposibles, no aceptaban la posibilidad de optar en el camino por una variación más humilde. Manchukuo, la joya de la corona del imperio japonés, debía convertirse en un estado de primera línea en un plazo de tiempo que de breve para las exigencias del proyecto no tenía precedentes en la historia.

Si bien sobre el papel Manchukuo era un estado constituyente, no existen dudas de que dependía completamente de Japón, tanto en su formación como en su mantenimiento y, al final, de su desmantelamiento. La relación entre Japón y Manchukuo era completamente simbiótica: su nacimiento correspondía a una etapa álgida del proyecto imperialista, pero tan buen punto como Japón cae en picado, derrotado por las fuerzas Aliadas, Manchukuo se desinfla como un suflé hasta desaparecer como si jamás hubiera existido.

El enfoque de Young en su obra "Japan's Total Empire" es éste de interconexión entre ambos estados. Young hace un modélico trabajo de exposición histórica a la hora de demostrar cómo el destino de Manchukuo siempre dependió de Tokio. Quiero agradecer a Young el haber optado por una organización expositiva del contenido de "Japan's Total Empire" tan cartesiana: cada capítulo aborda una faceta de esta relación entre Japón y Manchukuo, unidos al mismo tiempo por una serie de hilos invisibles que proporcionan sin ser su principal objetivo una sensación de progresión histórica. El lector debe evitar entender esta evolución como un proceso por partes y no caer en la trampa de considerar la división por capítulos como una clara delimitación del proyecto colonial. Cada agente interventor es un vértice distinto que sale desde su punto respectivo en el espacio y el tiempo para finalmente unirse en una dirección común que queda expuesta sólo gracias al paso del tiempo y la mano experta del analista. La historia sólo se vuelve coherente cuando la convertimos en narrativa.

Postal con Puyi Fuente


Si bien el monográfico de Young es una obra que merece ser leída en su totalidad para hacer justicia al mensaje de su trabajo (no es por lo tanto uno de esos libros tan fácilmente despiezables, a pesar irónicamente de su distribución capitular), hay varios pasajes que me han llamado la atención y a los que me gustaría referir, especialmente por el valor que contienen más allá del caso específico de Manchukuo.

Los primeros años de conflicto, cuando Japón solamente retenía de Manchuria el área arrebatada como expolio de guerra a Rusia en 1905 y la zona de influencia que se extendía de Corea como colonia de derecho, se caracterizaron por un tira y afloja entre Tokio y las fuerzas japonesas continentales. Desde la capital no se veía con buenos ojos el deseo expansionista que tenía la rama militar afincada en las colonias, principalmente por miedo a que la facción de ultramar ganara poder y su ambición saltara también al archipiélago en busca de una reordenación de asientos. La cúpula militar tampoco estaba del todo convencida con los planes que proyectaba su extensión en Manchuria, el ejército de Kwantung, cuya actitud se precipitaba peligrosamente a la insubordinación. Aunque tradicionalmente se ha atribuido la victoria de los deseos del Kwantung sobre la precaución de Tokio al éxito del incidente de Mukden (el ejército escenificó un ataque terrorista a las vías del tren y culpó a los chinos de haberlo perpretado, justificando de esta forma la invasión), lo cierto es que la batalla por cambiar la hoja de ruta del país continuó lidiándose durante los meses posteriores, y en ella los medios de comunicación contaron con un papel indispensable.

Habían pasado veinticinco años desde el último conflicto bélico de importancia nacional, y la sociedad japonesa había progresado en concordancia con la crecimiento económico que llevaba experimentando desde su particular revolución industrial setenta años atrás. Una de las principales diferencias entre 1905 y 1931 era la integración, normalización y extensión de una incipiente clase media. El proceso de alfabetización estaba ya prácticamente completado, y bienes y costumbres anteriormente reservados a la clase burguesa y aristocrática se habían popularizado. Durante la década de 1920 la industria editorial experimentó un gran crecimiento propulsado por la súbita ampliación del número de lectores potenciales, y durante estos años llegaron a las islas los primeros transistores diseñados para uso personal. La prensa y la radio contaban con los bienes materiales para despegar, sólo les faltaba fidelizar a esa masa emergente de público que había depositado la prosperidad Taishô, y encontraron en la mediatización sensacionalista del conflicto bélico de Manchuria el mejor método para atraer lectores y oyentes. Fue a partir de 1931 que diarios como el Asahi Shinbun, el Mainichi o la NHK (Nippon Hôsô Kyôkai, Sociedad Radiodifusora de Japón) emergieron como líderes de los medios de comunicación nacionales, y lo hicieron alimentándose de las noticias de guerra al mismo tiempo que avivaban el fuego de la discordia convenciendo a la opinión pública de que se interesara en lo que sucedía en la estepa manchú. La batalla que mantenían estos agentes del cuarto poder por lograr exclusivas y las noticias más frescas desde el frente se tradujo en una mayor inversión en medios, agrandando y modernizando una industria que multiplicó su tamaño en un breve espacio de tiempo. La guerra de Manchuria sirvió de abono para el nuevo periodismo de masas, y éste a su vez divulgó el conflicto hasta convertirlo en un asunto no de élites sino de la nación entera.

Cartel de propaganda, 1937 Fuente


Entre los métodos que emplearon los medios de comunicación para atraer a la audiencia destacaron las bidan (historias conmovedoras) por sus importantes repercusiones posteriores. Especialmente efectivas al principio de la guerra debido al escaso número de víctimas japonesas, se trataban de relatos en los que se glorificaba el sacrificio del soldado japonés en el frente de batalla, elevándolo a la categoría de héroe patrio por el simple hecho de haber muerto a manos del enemigo. Estos soldados, con nombre y apellido, nunca sobrevivían a las misiones que se les encomendaba pero se entendía su muerte como una victoria para el país, que debía enorgullecerse de unos súbditos tan dispuestos a dar su vida por el grupo. Romantizadas y con una buena mano de licencia literaria, estas historias eran adaptadas al cine y la música popular, creando un motivo estético altamente politizado que servía de consuelo, justificaba el sacrificio y mitificaba el conflicto bélico. Esta 'poesía de la guerra' se apropió de motivos canónicos del arte y la literatura clásicos, como el wabi sabi o el yûgen, para proporcionar un sentido de consecución histórica que la legitimase. Con el avance de la guerra, añadió a la mezcla el concepto confuciano de la piedad filial, idea muy en boga durante la construcción ideológica del estado como familia durante la década de 1930, y empezaron a circular bidan no ya de soldados sino de sus familias, que ofrecían su vida a Japón mediante el trabajo ininterrumpido en el campo o en las fábricas, dispuestos a morir de agotamiento o de hambre si con ello ayudaban a que el imperio prosperase un día más. Los bidan, al ser una mezcla de panfleto y de producto de cultura popular, no pretendían representar una realidad social, pero sí estaban destinadas a enseñar un tipo de conducta que interesaba a la máquina bélica nipona.

Los bidan eran otro elemento más en la batería argumental que durante años se desplegaría para justificar el proyecto imperialista japonés, tanto dentro como fuera de sus fronteras, y que quiso sostenerse mediante argumentos todos ellos ideados para convencer a la sociedad japonesa de la necesidad y naturalidad de su causa. Este discurso se sirvió de partes del cuerpo ideológico implantado durante la época Meiji y lo reinterpretó a su conveniencia. Su intención era convencer de la necesidad de realizar una expansión territorial, y para pueden clasificarse en dos grupos: la presión extranjera y el deber nacional. Durante años se venía repitiendo en los medios de comunicación y en las publicaciones de distintos intelectuales la idea de que las potencias extranjeras no respetaban al estado japonés y que siempre acababan imponiéndose los intereses occidentales sobre los de Japón. Durante el s. XIX, esta situación se explicaba teniendo en cuenta el desequilibrio potencial entre el recién creado estado japonés moderno y los imperios industriales europeo y americano. Sin embargo, cuando Japón empezó a exhibir el fruto de sus esfuerzos y logró torcer el brazo primero a China y luego a Rusia, tampoco cambió la actitud de las potencias extranjeras. Éstas mediaban los tratados de paz, y a pesar de que Japón fuera el vencedor en el campo de batalla, a la hora de repartir los expolios tenía que conformarse con menos de lo que esperaba o incluso distrubuir concesiones a países cuya participación había sido muy reducida o prácticamente inexistente. Esta dinámica se fue repitiendo desde 1895 en diversas ocasiones, una de las más sonadas fue el Tratado de Washington de 1921, en el que Japón tuvo que acceder a restringir su flota siempre a un ratio de 5:5:3, es decir, por cada cinco buques que poseyeran los Estados Unidos y el Reino Unido, Japón sólo podía mantener tres. Condiciones como ésta alimentaron un discurso victimista en el que se presentaba a Japón como un humilde trabajador rodeado de acosadores que jamás llegarían a respetarlo. Esto explica la aceptación con la que la sociedad japonesa se tomó la retirada de su país de la Liga de Naciones en 1932, después de que ésta no reconociera la legalidad de la invasión japonesa sobre China. Los defensores del expansionismo arguían pues que, si la cooperación pacífica había fallado, el futuro del país pasaba por hacerse con lo que considerara necesario para su prosperidad mediante la conquista.

Es interesante ver cómo esta idea de expansión militarista, alimentada por la xenofobia, el resentimiento y la ambición se complementaba con el más complejo proyecto de Co-Prosperidad Asiática. Japón invadía, pero según sus defensores, con ello no sólo servía sus intereses sino que en última instancia ayudaba a las naciones conquistadas a prosperar si seguían su estela. Para demostrar que la vida bajo el imperio japonés era una vida mejor, el éxito del proyecto de Manchukuo era crucial. Uno de los principios que se extendieron como doctrina nacional con los planes de educación Meiji fue la idea shintoísta de Japón como un estado-familia, con el Emperador en la figura de padre y sus súbditos como hijos. Siguiendo preceptos confucianos, los hijos le debían servicio a su padre, mientras que el padre trabajaba por el bien de sus hijos, la básica definición de piedad filial. Este modelo se trasplantó a las relaciones internacionales con la idea de la Esfera de Co-Prosperidad, con Japón como el padre/hermano mayor y el resto de naciones como los hijos/hermanos pequeños. Esta imagen evitaba antagonizar a los conquistados y mantener a Japón como cabeza de grupo y referente regional del mismo modo que China había sido inspiración y guía durante siglos. Es interesante ver cómo, siguiendo estos argumentos, el pueblo japonés de pronto se veía hermanado con el de las colonias, no sólo metafórica sino también racialmente, y por lo tanto, la inmigración hacia Manchukuo tomaba un cariz no sólo político sino también personal. Las masivas campañas de reclutamiento de colonos explotaron esta idea hasta convertir Manchuria en un hermano de sangre.

Cartel de propaganda Fuente


La última de estas ideas periféricas que me gustaría destacar es la variedad de proyectos a gran escala que surgieron con la increíble tracción que proporcionaba la energía imperialista. De entre ellos me llama la atención el movimiento de utopía agraria. Los románticos nôhonshugi vieron en las extensas estepas manchúes la solución al sempiterno problema agrícola del archipiélago japonés. El sector agrario, estrangulado por la escasez de terreno cultivable en las islas, se había visto severamente afectado con la llegada de la modernidad y el repentino giro hacia priorizar la industria. Las zonas agrícolas se habían empobrecido y Japón necesitaba importar gran parte de sus alimentos para poder mantenerse. Los nôhonshugi románticos vieron en Manchuria un lugar donde empezar de nuevo y resolver todos los conflictos que perseguían al mundo agrícola desde la Revolución Meiji: la degradación del modo de vida rural tradicional, la pérdida de valores y costumbres campesinas, la falta de inversión en capital y fuerza laboral en el campo y la creciente dependencia exterior para proporcionar alimentos necesarios. Su propósito era el de regresar a una época mítica de autarquía y armonía social mediante la implantación de planes de cooperativismo agrario y fin de las divisiones de clase, puesto que en Manchuria todos podían ser felices trabajando el campo. A pesar de su entusiasmo y de su claro cariz nacionalista e imperialista, los nôhonshugi románticos se toparon con la abierta y agresiva oposición del Kwantung. Una vez se instalaron en Manchukuo, el ejército les acusó de comunismo y los detuvo, encarceló o incluso ejecutó. Aprovechando el momento, el Kwantung llevó a cabo una redada política destinada a purgar con la excusa del anti-socialismo a todos aquellos que no eran afines a su visión de cómo debía ser Manchukuo. El proyecto imperialista, que había nacido como una plataforma de revitalización social y propulsor de nuevas oportunidades, quedó constreñido por aquellos que le habían dado a luz, lacerando su crecimiento y gravemente limitando sus opciones, posiblemente causando su final declive y fracaso.

Young, que plantea una tesis ciertamente ambiciosa al querer demostrar la naturaleza colonial del proyecto imperial japonés, reconoce sus limitaciones demarcando un círculo alrededor de los temas que quiere tratar, dejando fuera todo aquello que, sin ser menospreciado, no se adecua a las premisas de su trabajo. "Japan's Total Empire" no es el libro definitivo sobre la historia de Manchukuo, puesto que deja fuera algunos ángulos esenciales, como la política interna de Manchukuo (la formación y características de su gobierno), la relación con el resto de colonias como Taiwán pero sobre todo su vecina Corea o la relación con otros países soberanos (débil y acartonada, pero existente).

"Japan's Total Empire" se centra exclusivamente en la relación entre metrópolis y colonia, y en este esfuerzo es una obra encomiable, no sólo para interesados en el caso específico de Manchukuo o del Japón imperialista, sino para todo aquel que quiera explorar cómo llega a concebirse un imperio colonial en pleno siglo XX.

Datos del libro:

Young, Louise. Japan's Total Empire. University of California Press, 1999.

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